martes, 5 de mayo de 2015

Reviviendo en San Juan

Segundas Guerras Mecánicas

La Paca llegó a San Juan herida, pero no de muerte. La tarde anterior habíamos alcanzado a llegar a duras penas hasta Caucete, donde tras bajar el gusto a humo con una cerveza helada, nos enteramos gratamente que en San Juan nos esperaba Cristina, amiga de mi vieja, y su familia para darnos un lugar en su casa. 

Acomodamos la furgo en el pequeño estacionamiento de la YPF sobre la ruta 20, y a los minutos estaba otra vez inclinada con una rueda pinchada, y sobre un charco de aceite monstruoso. Fue otra noche insoportable, la estación de servicio vende alcohol las 24 horas y es parada obligada para todos los adolescentes (y no tanto) en sus coches modernos y con estéreos estallando bachata a todo volumen. Nos despertamos temprano, todavía rodeados de borrachines tardíos, y mapa en mano intentamos contactar al seguro para tratar de llegar a San Juan en grúa y no forzar el motorcito del citro. Tras una nueva gestión infructuosa, y levantando el puño al cielo con mucha furia, hicimos el ya ultraconocido ritual de sacar la rueda, cargarla hasta la gomería más cercana y volverla a poner, para poder al fin hacer arrancar con dificultad la citro.

Llegamos a San Juan con dos ruedas en la banquina y a no más de 25 km por hora, envueltos en una nube negra de aceite quemado. Cristina nos esperaba con unos revividores mates y una ducha bien caliente, tan necesaria como las camas y la siesta que siguió. 

Con la furgo descansando segura al lado de la Estanciera del Gringo, el compañero de Cristina, empezamos a mover contactos para dejarla en condiciones de agarrar la ruta nuevamente. En San Juan, a falta de uno, hay dos clubes citroneros, y los dos nos dieron una mano enorme, recomendando mecánicos, rectificadoras y casas de repuestos, amén del apoyo moral que tanto nos hacía falta. El problema mayor, la rosca robada en el cárter, implicaba desarmar medio motor, cosa que hice en la vereda (mi taller habitual) de la rectificadora, donde rehicieron la rosca del cárter y las de la base de la bomba de nafta, que venía con problemas también. Aprovechamos la parada técnica y desarmamos las cinco ruedas, las cepillamos con la amoladora y le dimos una generosa pintada, para terminar con los problemas de óxido que nos devoraban las cámaras. 

Desarmando el motor en la vereda.

Recuperando las llantas.

Alta llanta.
Fuimos a ver un mecánico ya que era imposible poner a punto la luz de los platinos, porque se había torcido la punta del árbol de levas. Tras probar varias levas y juegos de platinos, nos dio una noticia nefasta: para él, no sólo el árbol estaba malo, el cigueñal estaba desbalanceado y nos iba a reventar el motor en breve si lo seguíamos andando así. Fueron un par de días de preocupación absoluta, malas noches, mil y un planes b, que si mandábamos el motor a Córdoba, que si nos volvíamos andando aprovechando una caravana citronera que iba a un encuentro en Las Achiras, al sur de nuestra provincia, que si desarmábamos todo ahí mismo en el jardín de Cristina... Decidimos ir por una segunda opinión, y llevamos la furgo donde Don Miguel Menéndez, mecánico de familia citronera, y conocido de Pablo, el presidente del club de Córdoba. Don Miguel sacó la turbina, destapó la caja de platinos, y con un par de certeros golpes con masa y cortafierros dejó la punta del árbol en su lugar. Con el motor regulando como un gatito, me dijo "vaya nomás, que este motor está para ir y volver de México".

Entre tanta peripecia mecánica pasaron tres semanas en la ciudad de San Juan. A diferencia de la mayoría de las ciudades, el municipio autoriza a trabajar a los artesanos en la peatonal, sin ser acosados por los inspectores ni la policía, por lo que pudimos mantener nuestras arcas a flote sin mayores problemas. El mismo permiso te autoriza a trabajar los domingos en la Feria de las Pulgas, que se llena de gente y te permite hacer una diferencia interesante económicamente hablando. Una política de estado inclusiva hacia el artesano, algo que debieran imitar en todos lados. Habitualmente se nos persigue como a delincuentes, muchas veces terminamos siendo reprimidos hasta con la policía, y lo que debería ser una experiencia cultural/laboral legítima termina siendo un constante batallar contra las autoridades que es francamente desgastante. Somos artesanos, nuestras manos tienen las marcas del trabajo que se aprende de generación en generación, del trabajo que no debe perderse entre las turbias aguas de la producción industrial y en serie y que es criminalizado por los intereses comerciales del gobierno de turno.

La oficina en la peatonal.
La oficina en la Feria de las Pulgas.
La vida en familia se nos hizo costumbre de nuevo, entre almuerzos, cenas y cumpleaños, en las largas charlas con el Gringo y su millón y medio de anécdotas de camionero y de laburante de ley, de esos tipos que no le huyen a las herramientas y al esfuerzo para seguir adelante, y con Cristina, hermana de la vida de mi vieja y tía por adopción por parte nuestra, y sus hijos Gabriela y Martín. El Tincho es músico, y muy bueno, y tuvimos la suerte de verlo tocar con su banda Mulita, en una noche en que hasta los muertos movieron la patita.


Cristina...

y el Gringo!
Llegó el momento de seguir ruta, con la Paca ya lista para seguir devorando asfalto, y después de una 
juntada/despedida con los chicos del San Juan Citro Club, y de un emotivo "hasta luego" con Cristina y los suyos, pusimos proa a Mendoza, cada vez más cerca del cruce de la Cordillera.

Mendoza, siguiendo de largo

De San Juan a Chile hay un cruce llamado Agua Negra. De casi 5000 metros de altura, es uno de los más bonitos para recorrer, aunque todo el mundo nos recomendó no hacerlo en el citro ya que el camino estaba en condiciones deplorables hasta para una 4x4. Hace décadas está la idea de construir un túnel que acortaría mucho las distancias (Coquimbo es uno de los puertos más grandes que tiene Chile), pero la desidia y la burocracia de los dos lados de la montaña hacen que quede en promesas y ni siquiera se hace el mantenimiento apropiado del camino existente. El paso se cierra de marzo a octubre por el clima, y el resto del año sólo está habilitado para unos pocos vehículos todo terreno.

A regañadientes, ya que lo consideraba un desafío personal y nos llevaba directo a Coquimbo (donde nos esperaba una tía de Ale), decidimos ir para el sur, rumbo a Mendoza, para cruzar por el Paso del Cristo Redentor, tan bello como cualquiera de los pasos que existen entre los dos países.

Apenas salimos de San Juan, me dí cuenta que el alternador no estaba cargando, y con las luces encendidas todo el tiempo en la ruta casi podía sentir la batería descargándose. Para colmo de males, en Mendoza es obligatorio circular con las luces bajas prendidas hasta dentro de las ciudades. 

Entramos a la ciudad temprano a la siesta, dimos un par de vueltas buscando camping pero todos quedaban muy alejados o se escapaban de nuestro presupuesto. Nos fuimos a hacer tiempo al parque San Martín, enorme y bello pulmón verde en el medio de la ciudad, mientras se hacía la hora de ir a la feria de artesanos que se encuentra en la plaza principal. Cuando llegamos, nos encontramos con una feria que a pesar de tener la mitad de sus puestos vacíos, no permitía el ingreso de visitantes sino hasta el jueves. Siendo martes a la noche, nos ponía en un aprieto económico considerable, podíamos probar de armar en el suelo pero la referencia de que la policía local no era muy amigable nos hizo desistir. Decidimos buscar con tiempo un lugar para pasar la noche y tratar de encarar el cruce al día siguiente, luego de hacer revisar el alternador.




Nos gusta dormir en estaciones de servicio, habitualmente tienen lugar para estacionar la furgo, baños las 24 horas, agua caliente para el mate, y con suerte wifi y duchas. En ruta solemos hacer noche en los paradores de camiones, son las estaciones con la mejor infraestructura y buena voluntad por parte de los empleados. Pero en la ciudad, la cosa es muy diferente; ya el hecho de preguntarle al playero si se puede pasar la noche ahí desencadena una sucesión de caras de culo y de excusas de todo tipo.

Fuimos así rebotando de estación en estación, tratando de conseguir un sí, y sabiendo que cada arranque de la furgo podía ser el último ya que la batería estaba prácticamente muerta; finalmente, en una YPF retirada del centro, la encargada del turno tarde nos propuso dejarnos pasar la noche a cambio de la compra de una docena de facturas. Estacionamos la furgo en la parte de atrás, preparamos sendas tazas de té para acompañar las facturas y armamos la cama para acostarnos, ya era tarde y queríamos arrancar el día temprano.

Con un pié adentro de la furgo, literamente listos para dormir, se acercó el encargado del turno noche a informarnos que teníamos que levantar campamento, ya que no estaba permitido que nadie pasara la noche ahí. De nada sirvió explicarle lo conversado con la otra encargada, desarmamos la cama y con un último arranque agónico decidimos ir para el barrio donde veríamos a un mecánico al día siguiente para reparar el alternador y de paso tener otra opinión sobre las condiciones del motor. Llegamos a otra estación de servicio donde apagamos la furgo decididos a dormir o dormir, cansados de dar vueltas por una ciudad que se nos hacía cada vez más hostil. Logramos que nos dejen dormir hasta las cinco y media de la mañana, hora en que entraba la encargada que aparentemente no era muy amiga de hacer gauchadas. 

Arrancamos la furgo temprano empujándola con la ayuda de un par de personas que esperaban para cargar combustible, y nos fuimos directo a lo de don Luis DiBlasi, mecánico citronero de los de antes, que se puso a escuchar el motorcito y nos dió el visto bueno para seguir viaje. Nos acompañó luego a lo de un electricista que reconstruyó el alternador y lo dejó listo para hacer miles de kilómetros otra vez. 

Mientras estábamos en esos trámites, aparecieron Marcos y Antonella, citroneros de ley, bomberos voluntarios y médicos recién recibidos, una pareja con un corazón enorme y que de solidaridad y entrega saben una tonelada. Marcos nos había conseguido el contacto con don DiBlasi, y al enterarse que todavía nos faltaba pasar por una farmacia para hacer un par de compras, se fué hasta su consultorio y apareció con una provisión de las pastillas anticonceptivas que usa Ale, suficientes para no tener que comprarlas hasta el año que viene. No conforme con eso, a la salida de Mendoza y ya después de habernos dado un fuerte abrazo, sacó su cargador de celular del auto y nos lo regaló, para que tengamos la posibilidad de cargarlo mientras andamos. Gente buena que nos encontramos en el lugar menos esperado, y que ayudó a que nos fuéramos de Mendoza con una sonrisa, después de una noche bastante movida.

Salimos de Mendoza por la ruta 7, camino a Uspallata, el último pueblo antes de la frontera con Chile. El camino sube constantemente, el sol pega duro y el paisaje se torna seco y amarillento. Hicimos la parada obligada para tomar mates al lado del agua en el Embalse Potrerillos, un espejo casi blanco donde el viento y el silencio son los reyes. El aire es puro como en pocos lugares, los pulmones se hinchan y el corazón quiere plantar bandera y quedarse a vivir ahí. 




Pero la Paca pedía ruta y había que seguir; como recién salida de la fábrica, la furgo subía sin el menor esfuerzo, en tercera y cuarta, respondiendo alegre a los bocinazos y señas de luces de los que nos cruzábamos, devorando asfalto enloquecida por la altura. Llegamos así a Uspallata, un oasis en la montaña donde aprovechamos para descansar y prepararnos para el último tramo del cruce, la subida mayor. Vimos el sol ponerse tras las montañas, esas que nos desafiaban burlonas y hacían acelerar nuestros corazones al punto del agobio, y nos fuimos a dormir en una estación de servicio sobre la ruta, arrullados por los motores de los camiones entrando y saliendo.


Segundos antes, sólo una pared de piedra...



Atardece en Uspallata.
Al otro día partimos temprano, después de la revisión habitual de fluídos de la furgo, y con una sensación extraña en el estómago, que el desayuno más grande no habría podido calmar; dejábamos nuestro país y lo hacíamos exigiendo nuestro corcel y llevándolo a sus límites mecánicos. Pasamos por el Puente del Inca, donde ya despertábamos miradas de envidia en su estacionamiento, al lado de vehículos mucho más modernos y sin tanto espíritu guerrero, liquidamos la fruta que nos quedaba y seguimos para arriba, nuestro único punto cardinal. Las trepadas eran duras pero la Paca las hacía bramando, como pidiendo más, atravesábamos túneles que juro se abrían a nuestro paso, las montañas rendidas ante la fuerza de los dos pequeños cilindros... hasta la última subida, justo antes del túnel del Cristo Redentor, a casi 4000 metros sobre el nivel del mar, donde la altura se hizo notar en el motorcito y nos obligó a poner primera para hacer esos dos kilómetros finales a paso de hombre.




El túnel.

Y la luz al final del mismo...

Del otro lado sólo nos restaba bajar de los 4000 metros de altura en la frontera hasta el nivel del mar en Quintero, cerca de Viña, en algo más de 100 kilómetros; allá iríamos hasta un lugar llamado Ritoque, a encontrarnos con el Diego, un hermano de viaje al que no veía hacía más de diez años.