martes 15 de marzo de 2005

Textos rescatados

(mail escrito hace meses que nunca fué enviado, quien sabe porqué)

Llegar al df se parece en cierta forma a pasear por un campo de pruebas de armas químicas, y si encima se coincide con la temporada de lluvias, la experiencia en general puede definirse, al menos, como frustrante. Por eso mismo es siempre un alivio salir de la ciudad de México, aunque logísticamente sea una pesadilla: llegar a la salida para Querétaro lleva al menos dos horas y media, maniobrando en el metro con una mochila que se siente como llevar a un ternero a cococho y tratando de apurar el paso para no llegar muy tarde -es mejor empezar el "ride", como le dicen acá, lo más temprano posible.

La nacional 57, parte de la Panamericana, pasa por Querétaro, San Luis Potosí y Matehuala, antes de cruzar el Rio Bravo (Grande para los gringos) y perderse en los Estados Unidos. Es una autopista casi perfecta, atascada de camiones que van para el norte y muy fácil de hacer a dedo. Cuatro horas antes de llegar a Monterrey acaricia Matehuala, ciudad de la que no hay mucho que decir, salvo que para el dia del padre hicieron un festival en la plaza del pueblo en el que muchos artesanos fuimos extremadamente felices a pesar de no ser padres. Pero es necesario pasar por ahí para alcanzar los dos puntos más interesantes del desierto potosino: Real de Catorce y Wadley.

Wadley es una mancha que ni siquiera aparece en los mapas, y uno de los tesoros mejores preservados del turismo en México, afortunadamente. Puerta de entrada al desierto, y al pie de las montañas, este pueblo de cuatro cuadras es un peligroso agujero negro de esos que te atrapan por meses y dentro de los cuales el tiempo pierde sentido y se estanca placenteramente. Las horas se pasan cocinando, saliendo al desierto a por peyote y energía, trabajando artesanías o leyendo. Es imposible vender, ya que no hay turistas; el evento más importante de la semana es el mercado de los martes, una camioneta que baja desde Estación Vanegas con fruta y verdura y un par de señoras vendiendo ropa de segunda mano y pasteles.

La idea original de quedarme allí unos días se fué al tacho y la estadía se prolongó por un mes y medio. Produciendo durante la semana y subiendo a vender a Real, podría haberme quedado clavado de por vida en un descuido. El desierto es arisco pero cariñoso al mismo tiempo, te abraza con su silencio profundo y te infla de vida con su aire puro, pero por sobre todas las cosas te enfrenta a vos mismo de una forma increíble. Todos tus miedos, todas tus angustias, todos tus sentidos y sentimientos están a flor de piel en todo momento, encerrado en una comunidad tan pequeña como tu propia cabeza y la de media docena más de personas que conviven con vos. La magia es inevitable, irresistible y única, y te deja con ganas de volver y volver a por más.

A 80 km de Wadley, subiendo las montañas, se encuentra Real de Catorce, ex-pueblo minero, ex-pueblo fantasma (o casi) y actual atractivo turístico para gente de dinero de Monterrey y extranjeros que se animan a desviarse un poco de las rutas mas tradicionales. Hay dos caminos para llegar a Real: la ruta "standard", que sube lentamente desde el desierto y atraviesa el túnel de Ogarrio (de dos kilómetros de largo y con una pequeña capilla excavada en la roca), o la ruta "free-style", que baja directamente hasta Estación de Catorce, atravesando pueblos de película y bosques de aguacate y pimienta, sólo transitable en 4x4. Real es un pueblo que se siente raro, oscuro, tal vez demasiado, con gente local que te mira extraño y extranjeros residentes que te miran perdidos.

Fué difícil separarme del desierto y de un par de afectos, pero había que seguir viaje. Volví sobre mis pasos hasta San Luis Potosí (tres horas para cruzar la ciudad de mierda) y atravesé Guadalajara tan rápido como el transporte público lo permite. Quiso el destino, el azar, que mi salida hacia la costa pacífica no fuese tan afortunada: después de una hora de aguantar la cara de piedra de los honorables ciudadanos de Guadalajara, literalmente okupé una camioneta con placas michoacanas, a regañadientes del conductor, que creyó zafarse diciendo "no voy a Colima, voy para Michoacán".

El estado de Michoacán es tan grande como, digamos, Holanda. Las probabilidades de que una camioneta que va genéricamente a ese estado termine su trayectoria en la costa son bastante bajas, y considerando la particular mala suerte de su servidor, casi nulas. Me bajé enfrente de un enorme espejo de agua, pero bastante distante de ser el Pacífico y rodeado de bosques de pinos en vez de dunas de arena. Y así conocí la laguna de Chapala y una ruta MUY secundaria para llegar a Colima, atravesando un paisaje mas suizo que mexicano, al pie de gigantescos volcanes cubiertos de cenizas. Un descuido que me costó 15 horas, que valieron cada minuto.

El paisaje suizo se convierte en jurásico al bajar a la costa. Las palmeras empiezan a aparecer tímidamente, y uno desearía tener un saco rosa para arremangarlo y sentirse aún mas en un episodio de División Miami. Y de pronto la autopista se va para otro lado y me encuentro haciendo dedo a la sombra de una selva tropical, sintiendo el olorcito a sal en el aire y con ganas de parar a patadas una camioneta para que me lleve hasta Maruata, hasta el mar que ruge a cinco o seis kilómetros a mi derecha.

Pero la costera es traicionera, y aunque el paisaje sea obsenamente lindo y el Pacífico se asome en cada curva, el calor y la humedad te masacran, y conseguir un aventón puede llevar horas. La carretera hacia el sur me llevó a Maruata, un paraíso prácticamente virgen donde casi pueden escucharse los pterodáctilos, y luego a Playa Azul, cerca del puerto de Lázaro Cárdenas, pueblo de pescadores con corazones enormes.

México es indiscutiblemente grande, y cada uno de sus estados difiere del resto de formas radicales, y así como Michoacán parece estar lleno de pitufos, Guerrero, su vecino al sur, es habitado en su mayoría por Gárgamels y Azraeles. Luego de vivir por una semana con la familia del mejor tejedor de redes de Playa Azul, que no quiso cobrarme un centavo, la frivolidad de Zihuatanejo choca, y bastante. Allí el mar parece no tener historias que contar, y la gente que parasita sus playas está más atenta al celular que a la puesta del sol, a leer el periódico que a escribir poesía en la arena con el dedo gordo del pie.

Después llegó Acapulco, con su encantadora mediocridad ochentosa. Lo único rescatable de la ciudad son sus colectivos, viejos buses escolares norteamericanos decorados con neón y grafitti, con pinturas de la Guadalupe, el pato Lucas o Eminem y equipos de audio más caros que el colectivo mismo. El resto de los atractivos puede resumirse en un tipo saltando desde un acantilado, la casa de verano del Luismi y una estatua de Cantinflas.

En la carrera contra la ilegalidad de mi visa tuve que hacer una parada obligada en Puerto Escondido, donde el tiempo sufrió otra mutación y tres dias se convirtieron en dos semanas. Tuve que correr hasta la frontera con Guatemala en dos dias, para obtener una nueva visa y poder quedarme tranquilo en Chiapas.

Chiapas es el estado más al sur de México, y hasta hace relativamente poco era territorio guatemalteco. Mucho se dice de Chiapas, pero poco se sabe; lo primero que la gente asocia con su nombre es "guerrilla" y "drogas", como si fuesen problemas exclusivos de esta región. Y si, hay drogas, y hay guerrilla, y robos, violaciones, secuestros y atentados, como en el resto de México. O como en Guatemala, El Salvador, Colombia, Brasil o Argentina. En eso si hay una verdadera hermandad latinoamericana, aparentemente.

Pero hay mucho más atrás del "problema zapatista": un problema generado por el hambre, la falta de tierras, el grito de injusticia de los indígenas. Un problema para Fox, que en campaña prometió solucionar en 15 minutos; un problema para los gringos, que no quieren cabezas revolucionarias en su rebaño; uno muy grande para los militares, que miran con resentimiento a los extranjeros. Si no hubiese sido por ellos, por los turistas, la masacre que empezó en el '94 habría acabado con Chiapas. Oficiaron (y aún ahora lo hacen) como "observadores internacionales" en un pasivo contraataque a las ofensivas militares y los abusos paramilitares amparados por el gobierno. Ya no pueden bajar de la camioneta a campesinos y fusilarlos a un costado del camino, o entrar a balazos a un pueblo y quemar todo y a todos. No pueden, no deben, pero todavía lo hacen. Esporádicamente, sí, pero lo hacen. Y no ocurre más a menudo gracias a los extranjeros, no los que vienen a gastar dinero en restaurantes de lujo, drogas y fiestas, sino de los que están dispuestos a pasar semanas en el medio de la selva, esquivando malarias, comiendo arroz y frijoles y tratando de aprender tzotzil básico para comunicarse con indígenas que apenas conocen el español.

El campamento base de actividades turísticas y de logística entre los zapatistas y el mundo de afuera se ubica en San Cristóbal de las Casas. La ciudad es colonialmente hermosa, rodeada de montañas por donde se mire. Lo primero que hace el recién llegado es cagarse de frío. La mayor parte de los turistas viene del calor de Palenque, en la selva lacandona, o del Caribe o el Pacífico, y acá, a 2200 metros de altura, el invierno es invierno y se nota. Es clásica la imagen del gringo con bermudas, ojotas y tabla de surf, tiritando al lado de su mochila en la estación de buses.

San Cristóbal es otro de esos espantosos agujeros negros que te agarran y no te sueltan, con un hechizo inexplicable ya que carece de los encantos del mar, la selva o el desierto. Pero durante el dia el sol calienta rico y resalta el verde de las montañas. Y cuando se esconde tras ellas, el cielo se pinta de naranja, y rosa, y amarillo, y las iglesias lo reflejan formando una postal maravillosa. Las casas se tapan con techos de tejas, se maquillan de todos colores y se paran ordenaditas entre angostas calles empedradas. La ciudad es el resultado de la mezcla de tres culturas: los indígenas, legítimos dueños de Chiapas, los mestizos, atrapados entre dos aguas, y los de afuera, que habitualmente no entienden nada. Los caminos de los tres estereotipos se cruzan pero rara vez se mezclan, y cada uno aporta lo mejor y lo peor que tiene para dar. El resultado es delicioso: en las calles hormiguean mujeres aborígenes, con sus faldas de lana negra y sus camisas de colores, larguísimas trenzas negras atadas con cintas de colores, acarreando niños en la espalda o bultos en la cabeza; de mexicanos mestizos, siempre preocupados por el buen vestir, con zapatos cuadrados que encandilan, cabezas llenas de gel y celulares de un futuro que no corresponde con el tiempo chiapaneco; turistas "güeros", con sus cámaras de cientos de euros y la cara de miedo imborrable, la piel roja por el sol, peleando unos miserables pesos a los indígenas por sus artesanías. En el medio, parias de las tres partes, la banda, los artesanos, los malabaristas y los social/políticamente comprometidos, los rastas, hippies sucios, los freaks.

Esta combinación ha logrado que en San Cristóbal se den frutos fuera de estación: dos cineclubes independientes con una programación que no se encuentra ni en el df, bibliotecas, varios centros culturales, eventos al aire libre y características difíciles de encontrar en una ciudad de 150.000 cabezas.

Por supuesto, con el vuelo viene la caída. Acaban de inaugurar el primer McDonalds y el primer Cinépolis. Ahora en vez de ver una buena película con una cerveza por $30, la gente va a poder ver Terminator 4 con palomitas y bigmac por 150.

Llevo mas de seis meses en total en San Cristóbal, y no deja de sorprenderme y de traerme de vuelta cada vez que decido irme. Cuando llegué por primera vez, empezé a trabajar en un hostel de un italiano, repartiendo volantes en la estación de buses. Hoy soy el gerente del lugar (si me vieran trabajando se reirían aún más de mi título), y el italiano está en Italia. Me encargo de mantener la casa funcionando, con la asistencia de un chileno (definitivamente empleado del mes si aplicáramos el modelo McD) y es uno de los trabajos más satisfactorios que he tenido. La estructura anti-hostel del hostel hace que la energía con la gente sea mas de roommate que de clientes. Básicamente comparto mi casa con otras 25 personas en promedio, que cambian dia a dia y que comen juntos en la enorme mesa de la cocina, como una gran familia.

Los dias se están acortando, y mi tiempo en México también. En enero vuelve el dueño de la posada y yo sigo viaje a Guatemala, para pasar esta vez (ya la cuarta) de La Mesilla, la ciudad fronteriza. Y en esta última oración se desarrollan los detalles del plan "Me voy a Guate", o lo que puede pasar en los próximos meses. Todavía me falta conocer mucho de México, pero quedará para la próxima.


Ha pasado mucho tiempo desde mi último mail general. Parece que no tengo verguenza. Pero esporádicamente escribo algunas cosas en http://blurp.pilder.com.ar y pronto habrán fotos en algún lado. Ya sé, la constancia no es mi fuerte, y ya no prometo escribir seguido porque he desarrollado alergia a las computadoras.

Pero por ahí me inspiro y les mando algo.

Mucho amor.

F.//